Usted, que está leyendo estas líneas en este momento, morirá tarde o temprano. Las opciones sobre lo que hacer en ese momento varían, pero lo más probable es que su cuerpo (o: todo lo que tiene), ya apagado y desgastado por el uso, sea destruido o sepultado para que no estorbe. Y que qué desperdicio, ¿no?
Lo que se van a comer los gusanos, que lo disfruten los humanos”, dicen los libertinos que celebran el goce carnal de la vida. Pero ese mismo dicho popular, y de forma mucho más precisa, puede aplicarse a la donación de cuerpos a la ciencia. Lo que se van a comer los gusanos, es decir, nuestros cadáveres, que lo disfruten, o al menos lo aprovechen, los humanos: en formación académica o investigación científica, en áreas como la anatomía o la cirugía. Al final, donar lo que dejamos tras la muerte, esa triste y rígida caricatura de lo que fuimos, puede servir para que nuestra ciencia avance y para salvar vidas de otros.
“Existe la sensación de que si donas un órgano, un hígado o un riñón, salvas una vida, pero si donas el cuerpo a la ciencia no sabes lo que pasa”, explica el profesor Fermín Viejo, del departamento de Anatomía I de la Universidad Complutense de Madrid y secretario de la Sociedad Anatómica Española (SAE).
“Pues pasa que ese cuerpo sirve para que los estudiantes de medicina y otras ciencias de la salud (odontología, fisioterapia, enfermería, etcétera) aprendan mejor y más allá, para que los profesionales de la medicina, como los cirujanos, puedan desarrollar técnicas nuevas en un cadáver antes de realizarlas en vivo, con todo lo que eso conlleva. Luego también podríamos decir que, indirectamente, los donantes están salvando vidas”, dice Viejo.
Desde hace años llevo en mi cartera la tarjeta que me identifica como donante de cuerpo al Departamento de Anatomía y Embriología Humana I de la Universidad Complutense de Madrid. Anímense.
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